Y con las manos entre las rejas, se tocaron, desesperadamente, sin pronunciar palabra alguna, como si aquella fuera la última vez, con esperanza de volver a besarse, con miedo por no volver a darse la mano mientras paseaban en silencio por la calle, por miedo a no acariciarse jamás, con aquella duda de no vivir esos momentos en los que no había nadie más que ellos de nuevo.
Aquellas rejas eran tan poco literales.
No hay comentarios:
Publicar un comentario