Tras levantarse del sofá, acomodado ya a la forma de su cuerpo, tras varias horas sin moverse de ahí, viendo una de esas series a las que tanto le gustaba aficionarse, mientras se encontraba tapada con aquella manta enorme y calentita, ya fuera verano o invierno, se dirigió a meter en el fregadero vacío la taza de té que se acababa de tomar, hablando desde el móvil con sus amigos. Sonambuleó por el pequeño pasillo que separaba el salón de su cuarto, y con la misma manta que llevaba arrastrando toda la tarde, se tiró cual gusano moribundo en aquel colchón repleto de cojines.
Cerró los ojos. Se disponía a pasar una noche más a solas, pero no le importaba, se estaba acostumbrando al calor de las mantas, y no al de aquel cuerpo humano que tanto anhelaba.
Nunca le había dado cariño. ¿Por qué comenzaba a necesitarlo? Ni siquiera conocía cómo sería un abrazo suyo en medio de la noche, un brazo que la rodeara por dentro de las sábanas, unos dedos juguetones que recorrieran cada resquicio de su piel, unas manos que le apartaran el pelo para mirarle a los ojos sin echar la mirada al vacío.
Echaba de menos algo que nunca tuvo. Pero quería más que nada dejar de sentirse sola, porque en el fondo, lo estaba.
Oyó sonar la puerta débilmente, y nada más se le ocurrió que el que fuera un vecino a esas horas de la noche.
A la vez deseaba que fuera él. Darle un beso. Dejarse llevar de una jodida vez.
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