miércoles, 15 de agosto de 2012

Era de noche, atardecía, no sabía qué ocurría, qué acontecía, estaba perdida en un desierto sin agua, pero con demasiada sombra...era tan desconcertante. No recordaba los colores, los olores, el tacto, nada, nunca le había pasado, siempre había sido tan detallista, ¡le gustaba tanto observar y sentir a su alrededor! Era una soñadora, una chica alegre, no se tomaba confianzas excesivas, por eso siempre le costaba decidir a quién contarle sus vivencias, sus problemas, sus locuras. 
En él quería encontrar ese confort, pero la verdad era que ya no lo encontraba ni en su propio hogar, no casa, sino hogar. Ellas eran las más importantes consejeras en su vida, y ahora, ahora se sentía tan perdida que no sabía si anochecía o estaba en el alba, no sabía si olía a canela o a aceite requemado. Desconocía si el sol había quemado sus ojos o si acaso el tiempo había dejado de pasar. De hecho, en ese preciso instante no quería saber nada más. Su pequeña mente había aguantado demasiado. Si hacía una cosa daba a entender otra, si no la hacía quedaba como el perrito abandonado que llora por las esquinas. No buscaba consuelo, nunca le gustó. Comprensión, nunca había sido buena contando cualquier cosa, pero menos aun tenía un mal alma. Puede que a veces se resguardara en las cuevas cuando sentía que la atacaban, supongo que esa parte es fácil de comprender. Necesitaba algo de cariño de nuevo, necesitaba esos abrazos sin condiciones, esas miradas cómplices, necesitaba ver que algo de lo que daba le era devuelto. La gente pobre reivindica por sus derechos, aunque a veces no les sean correspondidos o se excedan. 
No era más que eso, necesitaba echarse en el césped recién cortado y guardar los colmillos afilados, esa noche no habría luna llena.

No hay comentarios:

Publicar un comentario