Desde los rascacielos no suele haber una buena caída, y menos sin cuerda que te agarre fuerte. A mi me prometieron una buena cuerda, y no era más que un elástico que se estiró y estiró hasta que la gravedad acabó por romperlo. Nadie estaba ahí para despedirse, nunca quise despedidas, y menos sin explicaciones.
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