Era tan sencillo soplar, que el aire y el aliento lo llevaran todo, no aferrarse, no necesitar.
En esos momentos, sus miradas se cruzaron, sin saber bien qué decir, a metros de distancia, y sus gargantas no gritaban lo que sus ojos veían. Se evitaron, luego, como si nada pasara, nunca pasó, para ellos ya no sería jamás de la misma forma.
Pero ambos sabían que sus presencias seguían sobre la faz de la tierra, en el mismo suelo, en el mismo aire.
Odio no era la palabra, temor tampoco, algo que mi cabeza no llega a comprender, algo tan simple como soplar, pero que pocos saben hacer, o tienen valor para ello desde el primer momento, dejarlo atrás, pero al mismo tiempo respirarlo una y otra vez, en muchas ocasiones casi sin darse cuenta, en otras tantas de tan rudas maneras.
Decían que una mirada todo lo da, y lo quita también.
Era tan fácil como dejarlo estar, volver a respirar.
Pero el viento frío que azotaba se coló por sus venas, se clavó en sus huesos, tan desprevenidos, sin defenderse. No pudieron en ese instante. Pero tampoco iban a enfermar, tanto que no, no por fuera al menos.
No más.
No.
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