jueves, 21 de noviembre de 2013

Polvo inhalado.

Estaba harta, tenía miedo y le temblaban las manos. Salía porque no quería escuchar más que la música de sus auriculares, no quería nada a su alrededor, no deseaba sino estar sola, al menos en ese momento. No necesitaba a nadie, o eso quería hacer ver. No quería necesitar a nadie, sería la palabra correcta. 
Pero bien sabía que no podía permanecer así por mucho más tiempo, no le quedaban fuerzas, por mucho que tratara de ocultarlo, ocultárselo. Ahí quedaba, como el polvo debajo de una alfombra, como la ropa tirada de los armarios luciendo una bonita habitación. 
Era tan simple al exterior, tan conformista, quería adaptarse a esas circunstancias, a esa vida que no creía ya suya. Se veía tan perdida ante tantas decisiones y pasos que dar. Solo quería estar quieta de una vez, conformarse y no pasar de largo de nuevo.
Pero había días, sí,  tantos días... en los que explotaba el cielo y se hundía la tierra, en los que nada tenía sentido, días en los que el polvo se escapaba de la traidora y cansada alfombra.

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