jueves, 1 de noviembre de 2012

Esos pies con calcetines regordetes, apoyados en el borde del sillón, sobresalientes mínimamente de aquella manta enorme que la mantenía en el calor, con una taza de chocolate caliente entre las manos. Aislada prácticamente de lo que ocurría por fuera de esas paredes, observando de vez en cuando la ventana que vislumbraba unas luces recién encendidas con la llegada de la noche, y un sonido que más que de lluvia parecía granizo. Esperaba que nevara, para ella siempre había sido un buen augurio, una manera de alejarse de todo aquello que no necesitaba, de ver los detalles que muchas veces obviaba. Tenía un piano al lado, siempre le había gustado pero, ¿Quién se lo había preguntado alguna vez? 
No se sentía sola, sino solitaria. No quería pasarse el resto de la vida así, aun estando rodeada de gente a cada instante. Por eso sabía que en esos días de tormenta, quien fuera capaz de acercarse hasta su casa, sería esa persona a la que le abriría la puerta abiertamente, al calor de su chimenea recién leñada. 
La casa no era tan difícil de encontrar. Hoy no sería ella la que enfriara sus pies por ir a buscar algo que no sabía dónde se encontraba.

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