miércoles, 21 de noviembre de 2012

En ese duro amanecer, la cálida sangre que se derramaba de mis heridas derretía el frío hielo del suelo, y aquellos copos de nieve que caían ya no quemaban mi piel, pareciera que ya simplemente la acariciaban, no le importaba, sus horas estaban contadas, los lobos tardarían poco en oler su sangre, los troncos de los árboles se veían demasiado altos como para escalarlos, le quedaban muy pocas fuerzas tras días perdida en aquel lugar que no parecía terminar. Así, se echó, esperando a que el frío insensibilizara su cuerpo un poco más. Una mano le rozó el cuello, se deslizó sobre su brazo, buscaba su muñeca, buscaba sus latidos. Seguía viva, pero ella no se enteró de aquellas caricias que lo que menos buscaban era el placer, sino la satisfacción de verla viva aún. 
Eso es lo que deberíamos hacer, ver que aun seguimos vivos, vivos para alguien que esté dispuesto a darnos calor antes que el resto de las cosas. 

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