Se acercó a la ventana, miró a través de ella, y todo le pareció idéntico a cualquier día. No fue capaz de mirar más allá, de encontrar aquello que hacía ese día especial, y lo único que hizo fue sentarse justo debajo de esa ventana. Sin música, sin más sonido que el que se oía afuera y el de la tele, que se encontraba en la sala a oscuras. A solas, con sus pensamientos, con sus ideas y su cambiante humor. Se tenía miedo a ella misma, se conocía, y sabia que era la persona más propensa a perder, abandonar aquello que apreciaba, que quería. Era una estúpida, y todos lo sabían ya.
Solamente una persona, una, había aguantado siempre su carácter. E iba a perderla. El siguiente paso que diera sería el definitivo.
Por eso no quería moverse de ahí, de esa ventana. Prefería mantenerlo todo estático. No tenía ningún propósito de seguir con vida.
No con esa vida al menos. Pero para ello tenía que cambiar.
Sus pestañas fueron cerrándose poco a poco, mientras el sol del crepúsculo caía lentamente. Sintió una mano que rozaba la suya que rápidamente desapareció.
No consiguió que sus ojos se volvieran a cerrar. Le esperaba una noche sin aullidos, sin viento que chocara contra su ventana. No había agua que llover, pero tampoco luna que brillar.
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