Despertar, sea la hora que sea, y sentirle en la habitación de al lado, o en la cama aun durmiendo. Salir y al volver no encontrar nada como lo habíamos dejado, tener que comenzar de nuevo cada día, tener mil historias que contar, y cuando llegue el momento en que lo encontremos todo como siempre, ser nosotros mismos quienes cambien lo establecido, sin dejar que nada permanezca estático, que cada día sea una página por escribir, que llenemos hasta los márgenes, aunque sea con dibujos, con sonrisas, cosquillas y miradas. Hablar todo el día de cosas sin sentido, sentarme a su lado y encender la tele. El ordenador entre las piernas y un puñado de cereales con fresas para calmar el apetito. Y cuando no haya nada que decir, que el silencio nos envuelva, hacerlo nuestro. Echarme en sus piernas mientras bebe algo y se fuma un cigarrillo, compartirlo quizá, y acabar comiendo pizza después de habernos prometido una comida sana, y reír, reír sin sentido, es lo mejor. Después de una ducha, echarnos en la cama, o en el sillón, o en el suelo, o por qué no en la bañera, me da igual. Sentir calor, su calor, dejarnos llevar y, exhaustos, dormir.
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