sábado, 12 de enero de 2013

Fue una simple visión, un ínfimo momento, pero mi mirada se centró en aquel anciano, de cara desgastada y mirada perdida, con ropa de abrigo, pero unos pantalones que dejaban ver sus largos calcetines azules. Tenía una pierna cruzada y fumaba un puro con la mano huesuda que no le paraba de temblar. 
Pareciera que no había probado la comida en días, semanas, pero por su tono de piel, que hubiera estado trabajando durante mucho tiempo. 
En su respirar no salía más que humo, como si estuviera gritando a la muerte que viniera, pero esta, en un intento de regalarle más años de vida, no comprendiera su dolor. La verdadera necesidad de irse cuando ya estás totalmente preparado. Cuando das por sentado que no tienes más que hacer aquí. 
Es cuando gritas en silencio que todo acabe, sin pensar que podría haber inimaginables cosas por hacer.
Pero, ¿Quién iba a decirle eso a aquel cansado viejo? ¿Quién estaba sentado a su lado más que su ángel de la guarda pactando con el diablo una hora para su caída?
No se veía capaz, pues los demás no le decían que lo era. Así que, ahí seguiría, con el puro en la mano desgastándose, consumiéndose como su cara y su mirada mientras el mundo le pasaba de largo.

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