viernes, 11 de mayo de 2012
Lo que verdaderamente no tiene precio es echarte en el césped del parque que te trae tantos recuerdos, a leer, escuchar música ,con alguna cabezadita que otra de por medio, escuchando cada vez que finaliza una canción a los niños jugueteando con los balones, corriendo de un lado a otro. La gente pasa, unos corriendo, otros casi sin avanzar de un paso al siguiente, demorándose hacia su inminente destino, quién sabe cuál será, pero solo espero, espero a nadie, miro al cielo, y doy gracias por tener tantos buenos momentos que recordar, tantos días, tantas noches, tanto con lo que he aprendido, pero nunca he dejado de ser yo, simplemente, he crecido, locamente he crecido. Las hormigas que se me subían al brazo me decían que estaban hambrientas, pero sin dudarlo esta vez no les hice caso, no por pensar que ellas no pueden hablarme, sino porque tenían que aprender ellas solitas a buscarse su propia comida, como deberemos hacer todos un día u otro. No se trata de quedarse solo, se trata de conservar lo que tienes y lo que tendrás durante el resto de tu vida, sin perder nada, o lo menos posible de aquello que de verdad te importe. Adiós gaviotas agridulces, los peces que volaban por las montañas la han abandonado por falta de nieve, suele pasar cuando buscas cosas donde sabes que jamás podrás encontrarlas, pero siempre queda una pequeña ilusión, no? Ilusión que no puede llegar a locura, ilusión realista, que tenga un mínimo de posibilidades. Estos peces aun tienen demasiado que aprender. El viento sopla suavemente contra mi cuerpo, sigo escuchando música, los niños continúan jugando, es tan maravilloso.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario