sábado, 13 de octubre de 2012

Ese olor de noche de lluvia que entra por mi ventana hace que me asome, arropada en una colcha, aunque no haga frío del todo, y piense, recuerde tantos momentos que me han hecho sentir viva. Esas tardes oscuras en las que un paraguas nunca era suficiente para frenar el agua, en las que los techos de las casas se veían tan lejanos, en las que un suéter no servía más que para tapar un patín ya mojado. 
Correr por aquellas aceras y carreteras inmersas en charcos, con cuidado de no tener la mala suerte de toparse con esas hojas caídas tan resbaladizas. Aquellas manos mojadas que se rozaban en medio de una carrera ,o de un simple paseo en el que lo menos que importaba era el estado del tiempo. 
El viento fresco te daba en la cara. 
Pero ahora qué más daba. Si lo único que deseaba era que comenzara el invierno de nuevo, sin casi esperanzas de que todo aquello volviera a suceder.
La ventana y ese callejón por ahora era lo que quedaba. 
Quería volver a sentirme viva. 

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