Y ella, que acostumbrada a vivir en una eterna locura, un mundo sin normas más que las de su casa , sin limitaciones, sin coacciones, sin direcciones ni opresiones, sin autoridades ni imposiciones, sí, ella que acostumbraba a saltar y correr en todas partes, a echarse por los suelos repletos de tierra y suciedad , a gritar sin ser reprimida, ella, que reía en todo momento y e iba saltando por el medio de la calle, que no se percataba de la existencia de aquellas personas que no le eran importantes. Esa chica a la que toda reprimenda no le era más que una palabra al aire, ella que aprendía de sus propios errores, ahora se encontraba totalmente sumida en un mundo de depresiones, en el que a cada paso que daba, observaba a un acompañante que la maniataba, que la miraba con aquellos ojos que, al mismo tiempo que no estaban ahí, se encontraban en ese preciso lugar solo para llamarle la atención.
Ella esta vez se sentía en una jaula, ya no como pájaro, sino como humana que había sido metida en un lugar que no le correspondía.
Y no podría paliarse solo con un poco de calor y una mano que la sostuviera. Sabía perfectamente que ese no era su camino, su lugar.
Solo quería conocer. Allí se hallaba, pues.