viernes, 20 de enero de 2012
Y sentada en el suelo miró hacia la ventana, fuera, una noche fría y estrellada. Pensó durante un instante lo bello que sería pasársela mirando al cielo sin nada más, sin problemas, sin nada que temer. Subió a su azotea, se colocó los auriculares y, con una manta que le cubría hasta el cuello, se echó. Se quedó mirando el cielo oscuro durante un buen rato, y cuando sus ojos comenzaron a cerrarse una mano rozó la suya, sabía perfectamente quién era, y si no lo sabía, deseaba que fuera esa persona, pero sabía que siempre se hacía más ilusiones de las que en realidad debía hacerse, sabía que ella no era especial, que era lo último, eso creía, por eso soltó su mano, le dejó ir. Pero no quiso irse, al contrario, la cogió por la cintura y comenzó a abrazarla fuertemente. Ahora las estrellas pasaron a un segundo plato. Volvían los problemas, pero también su felicidad.
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