Estaba todo muy oscuro, no veía absolutamente nada. Nunca me había sentido igual. Quería mirar hacia atrás, sentía que algo estaba a mis espaldas, en mi nuca. Pero sabía que no debía hacerlo. Si lo hacía, nada volvería a ser como antes. No quedaría nada. Me habían contado muchas historias sobre algo que yo nunca me llegué a tomar en serio, me habían contado historias, de esta misma situación, en la que yo estaba atrapada y no sabía cómo salir. Únicamente se me ocurrió correr por aquel lugar, aunque, pensándolo bien, de todos los relatos que yo había escuchado, ninguno se daba en una playa, y mucho menos en un muelle. Sí, como os podéis imaginar, estaba corriendo entre los barcos y pequeñas lanchas que en la orilla, encajados en la arena se encontraban. No sabía muy bien hacia dónde ir, pues unos diez metros más arriba, en la calle, tras subir unas viejas escaleras, no había ni una luz, sólo niebla. Niebla tan oscura como la noche que se venía encima. Niebla que tapaba la luna como si allí no pintara nada, como si no existiera. El faro no funcionaba. Algo muy extraño pues no había dejado de dar vueltas desde hacía unos cincuenta años al menos. Pero eso era lo menos raro en toda aquella situación. Resulta que no sé siquiera cómo llegué a ese lugar. Lo había visto muchas otras veces, con mis amigos, cuando veníamos a la playa y pasábamos la tarde allí. Pero esta vez yo no había ido con nadie. Lo último que recuerdo es estar cerca de una pequeña lancha, creo que de color rojo y verde, que se caía a pedazos, de resto… no sé más. En un momento me sentí sola, con frío, aterrada. Nunca había imaginado que una persona se pudiera sentir así, y no tenía razones para eso, para sentir lo que estaba sintiendo. Por mucho que miraba, no había nada. Nada extraño, por lo menos nada que mis ojos pudieran alcanzar a ver. Algo me impulsó a correr, probablemente fuera el miedo. Sí, eso era. Corría con todas mis fuerzas, como si algo en mí supiera que si no lo hacía, nada bueno me esperaba. Pero era mi subconsciente, pues yo quería encontrar al causante de mi gran terror, el cual no se dejaba ver, quizá ni existía. Ya estaba pensando en que estaba convirtiéndome en una de esas personas locas que dicen ver cosas que nadie más puede ver, pero en ese momento me daba igual con tal de saber qué era lo que pasaba. Al final, y en contra de mis instintos, decidí darme la vuelta, me costó mucho ver a través de aquella niebla y la espuma del mar en frente mío, pero llegué a contemplar una silueta que se me acercaba lentamente. El miedo desapareció al verla, al contrario de lo que yo había pensado. Las historias que los demás me contaban eran mentira. Esa sombra se me fue acercando, muy despacio hasta llegar casi a rozarme. Se detuvo. De pronto vi que abrió los ojos. Azules. Eran los ojos más preciosos que jamás había visto. Como el mar un día de sol. Una mirada resplandeciente, de esas que te dan confianza, aunque no hayas visto a esa persona ni una sola vez en tu vida y que te incitan a contarles tu mayor secreto, de esos que te miran fijamente y que no van a dejar de hacerlo hasta que tú no le respondas de la manera que él quiere. Grises, verdes y azules, muy azules. Grandes, más bien, enormes y redondos. Me miraban fijamente. Me miraban con un no sequé que es imposible de describir. Sí, totalmente imposible. Solamente puedo decir que en ese momento me olvidé de todo. Mi vida se paró. Sabía que probablemente después de esto no volvería a ver a nadie. No volvería a sentir, pero el momento lo merecía. Terminé por acercarme yo a él. Despacio, con una calma inimaginable y cerré los ojos. Mis labios notaron como los de aquel chico se acercaban y tocaban los suyos, unas palabras que no entendí me susurraron, como una nana tierna y dulce. Me dejé llevar. Noté que me daba algo en la mano. Abrí los ojos por última vez, una rosa, una rosa negra estaba enredada entre nuestras manos. Después… morí. Sí, creo que ahora estoy muerta. Siempre creí que la muerte sería algo doloroso, duro y horrible. Pues por lo menos para mí no fue así. Fue el mejor momento de mi vida, supe que había hecho bien, aunque, sinceramente ya no sé qué hacer exactamente en este lugar. No sé si eso es lo que me espera allí para siempre, la eternidad. Por ahora, intentaré buscar la salida, si es que existe. La misma sombra que aquel día me encontró parece aparecerse de nuevo. Pero esta vez, tras el susurro hubo frío, un escalofrío que me llevó a desmayarme. Me engañó una vez, ahora vuelve a hacerlo y creo que siempre lo volverá a hacer. Ahora todo tiene sentido.
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