No sé en qué idioma pensarlo, decirlo, gritarlo, sentirlo ya.
Que le den a todo, que le den, no hay nada, no me queda nada, absolutamente nada.
Es totalmente normal y nada recriminante el hecho de no hacer más que pensar en el pasado.
UN PASADO CASI PERFECTO, sí, así, con todas las letras, en grande, en mayúscula, y como haga falta.
Puede que ahora haya buenas intenciones, puede que sea yo siempre la que le busque veinte piernas al gato.
PUEDE.
Pero puede también que, con unas cosas, ciertas otras vayan difuminándose a la vez. No creo una sola palabra de la gente, ni siquiera un acto ya.
No quiero consolaciones ni premios por pena. No quiero más que volver a ser alguien en este asqueroso y vomitivo mundo, cuando dejara de serlo. No tengo un hueco, no tengo un mínimo espacio en el que ANTES podía encontrarme a gusto. Cada día, cada hora prácticamente, y si no era así, tras la tormenta siempre venía la calma.
Ahora no hay calma, puede que en el exterior sea lo aparente, siempre han dicho que se me da bien dibujar, y la verdad que dibujar sonrisas no es tan complicado. Es tan simple mentir, tan sencillo. Y, hoy, lo poco que dejo salir, muchas veces no es verdad. Ya nada es sincero a mi alrededor.
Antes aprendía, avanzaba, retrocedía y caía, pero siempre me levantaba, había un camino, daba y era recompensada sin pedir. Ahora siquiera pidiendo de rodillas recibiría algo. Leía cada línea y descubría secretos escondidos en el más mínimo detalle. Todo era especial. Lo sentía.
AHORA, nada de eso existe, se ha desvanecido y con ello mis ganas de hacer algo al respecto. Puede que lo haya intentado ya todo, o prácticamente la mayoría. Puede que haya hecho las cosas mal en cada uno de esos intentos, y es por eso que hoy, tanto la persona interna, como la externa, se rinde. Sí, se rinde para mandar todo a la mierda hasta nuevo aviso. Y si no lo hubiera, que es lo que espero de mí, y del resto, la verdad, no pasaría nada. Absolutamente nada. Seguiría sonriendo sin el más mínimo problema notable.
Hasta otra, y buenas noches.