Nunca fui más que esto, nunca lo seré, no quiero, no lo deseo. Una niña con gorra, con una camisa de su primo, tras despertarse de una siesta transcurrida mientras veía la tele y escuchaba a los demás hablando al fondo, buscando una mano a la que aferrarse, acabando aplastada por sus primos. Con el regusto de ese almuerzo típico, esperando a la hora de la merienda. Los peluches nunca me interesaron, eran demasiado aburridos, se calentaban demasiado, llegaban a agobiar, y lo peor es que en algunas noches llegué a necesitarlos. La cama de mi abuela, la mejor que he probado nunca, con esa manta tan cómoda, ese olor especial. Nunca quise comer tomates, de hecho aun no quiero, los vomitaba, y su olor solo me provoca. Estos no son más que simples detalles que no interesan en mi vida. No al menos a muchas personas, son cosas que saben quienes me conocen , quienes de verdad merecen saberlo, o quienes por casualidad se han enterado y no les importa. Hay tantas cosas de mi que ni siquiera yo sabré... Pero por ahora me conformo con volver a ponerme una camisa sucia y salir a la calle sin zapatos, aunque ahora puede que me lo piense un poco más, la experiencia habla, aunque no siempre le hagamos caso, necesitamos más de un error, chocar varias veces con el mismo muro para saber que no es de cartón, que de tantos cabezazos incluso puede llegar a romperse, y clavarnos uno a uno los cristales. Necesito una merienda de esas, galletas con leche eran?, Sí. Agua de aquel vaso de plástico que sabía única en el mundo. Coger saltamontes hasta llenar un tarro, y soltarlos a la noche cuando el perro ladrara a la llegada en coche de mis padres. Me iría, sabía que al día siguiente estaría ahí de nuevo. Era tan maravilloso.
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