CAPÍTULO UNO: 19 de Julio. Sus habitaciones.
No sabían lo que necesitaban, solo hablaban, sonreían levemente, y aprovechaban para mirarse cuando el otro estaba distraído. Estaban tan perdidos que decidieron perderse juntos, a la misma hora, en el mismo lugar cada día. Ella le contaba todo lo que pasaba por su mente, él escuchaba, relacionando prácticamente cada palabra con su vida, y viceversa. Horas y horas recorrían sus cuerpos, que cambiaban de tono a medida que el sol ascendía o descendía. Aun no era el momento de contar lo que les había traído hasta ahí aquella mañana de hacía dos semanas, pero no preguntaban, sabían que ya llegaría el momento. Sonidos, gestos, miradas, olores, sensaciones nunca vividas. No había más, desde entonces nada fue igual aunque el resto de sus vidas siguiera siendo la misma. Solo eran un desahogo, una idea de sobrevivir.
A la hora del almuerzo ella volvía por donde había venido, aunque antes a veces daba un paseo por la orilla de la playa, sobretodo en las mañanas soleadas en las que soplaba el viento, atrayendo el olor de los árboles en flor y del salitre del agua. Se daba cuenta de que su vida estaba en un callejón sin salida, y todo había sido por su culpa. Nunca quiso llegar tan lejos, pero no podía hacer otra cosas.
Abrió la puerta, como siempre, tratando de hacer el menor ruido posible, pero tanto la conocía su hermano pequeño que estaba esperándola sentado en las escaleras que subían al segundo piso, simplemente para darle un abrazo. Ella lo recibió con cariño, entre alegre y melancólico, como solía hacer desde hacía unos días. Él era pequeño, pero lo notaba, así que sonreía y se iba a ver la tele de nuevo. Hace unas semanas en cambio, la miraba y le preguntaba si algo le pasaba. Antes de sumergirse en sus pensamientos nuevamente, se sentó a ver aquella serie que tanto les pirraba. Una hora de distracción, ya era demasiado. Subió a su cuarto, extendió una manta en el suelo, y tranquilamente se echó, acariciando a su perro, con la música en sus oídos de nuevo. Necesitaba escribir, todo lo que pasaba por su mente lo plasmaba en un papel, papel que en pocos días sería enviando a la papelera como el resto. Cerró los ojos. La primera imagen que apareció en su mente fue la del chico, de quien no sabía su nombre aun, y ni siquiera se imaginaba cuál sería el que más le pegara, simplemente esperaba, se conformaba con recordarle cada noche, sin llamadas, mensajes, sin fotos que mirar. Le resultaba tan intrigante. Sus ojos, casi perfectos a simple vista, se volvían a la perfección al sumergirse en su interior. Sentía que había tanto que conocer, tanto por ser sabido, tanto por escuchar. Apenas habían pasado dos semanas, pero lo conocía tanto que hasta ella misma se asustaba. Orgulloso y humilde. Esas eran las palabras que por ahora le definían. Una anécdota que le contó, y que siempre que decaía le gustaba recordar, era que, una vez, a los seis años, el chico se pasaba los días en casa de su abuela, y las noches también. Le gustaba mirar el farol que había en la entrada de la casa, a lo alto de las escaleras que conducían a la puerta, al lado de un sillón que se columpiaba, en el que él se sentaba recordando el olor de su abuela. Los mosquitos acudían a medida que iba anocheciendo, cuando el frío acusaba. La luz, el calor, lo que todos buscamos. El chico no pensaba eso en aquellos días de su infancia, pero años después, comprendió que le gustaba mirar cómo caían los mosquitos tras sufrir una descarga, tan inocentes, tan ilusos, tan ciegos. Se juró que él sería de los que aprenderían a ver en la oscuridad, era más difícil, pero a la larga sentaba mejor, y además, solo allí se encontrarían los que de verdad no quisieran lo más sencillo, o los que ya habían aprendido que la luz es solo para los que luego, si logran escapar, pasarán frío de nuevo.
La chica no sabía exactamente qué conclusión sacar de esta historia, pero coincidía tanto con su forma de ver las cosas que nunca más se le olvidó.
Caminando algo más de media hora, a paso de tortuga podría decirse, llegó a su casa, abrió la puerta sin reparo, sabía que se encontraría solo. Su familia trabajaba o, simplemente, no estaban sino de pasada por la casa. Se dirigió hacia la cocina, y encima de la mesa encontró pizza que había sobrado por la noche. Eran incluso más buenas estando frías. Con un trozo en la boca y uno en cada mano fue al cuarto, donde vería un vaso lleno de Coca-Cola que no se había tomado antes. Sin quererlo, se acordó de ella, tan bonita, si decía para sí, insultándose igualmente para él mismo cuando pensaba esas cosas. Ni siquiera sabía su nombre, intentaba mentalizarse, así que a la vez pensaba en la razón por la que acudía cada mañana a ese lugar. No obtuvo más respuesta que la primera imagen que vio de ella, a través de aquellos trozos de madera a medio podrirse.
Se echó en la cama hecha a prisas. Con su gato durmiendo en la esquina, entre varias montañas de ropa por limpiar, encendió los altavoces, se sumió en su mundo. Llenó una pecera de agua, buscó la tinta que tenía escondida en sus gavetas, llevaba tiempo deseándolo. Cogió su cámara, algunos flashes, y con las condiciones que él mismo creó, comenzó a clickear. Pasaron horas, nada lo interrumpió, nada más que pensamientos , recuerdos de cosas que aquella niña le contaba, porque para él era una niña. Parecía tan segura cuando la veía caminar, hablar, con sus chistes bobos y muecas para hacer reír se disimulaba su miedo. Pero él lo veía, lo vio desde la primera palabra que le cruzó. Sabía ya que era demasiado orgullosa como para decir a lo que temía. Las abejas posiblemente, siempre daba un paso atrás cuando una pasaba por delante, pero lo hacía con disimulo, como cuando él miraba desde un rascacielos, le encantaba esa inmensidad, que a la vez le hacía temer.
Se echó en el suelo, con la mirada dirigida hacia la ventana abierta, dándose cuenta de que los mosquitos comenzaban a entrar, pero no le importó, sabía que acabarían muertos, así que volvió a centrar su mirada en el cielo que comenzaba a dibujar puntitos brillantes. Eso es lo que hacía valiosa a la oscuridad, suponía. Cosas que desde nuestra posición vemos ínfimas, pero que poco a poco se convertían en enormes, inmensas, incluso fugaces, pero que no te matarían, sino alegrarían un momento de tu vida.
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